Las dos veces que no conocí a don Beto Cañas

El sábado don Beto Cañas partió y de inmediato los medios sociales y tradicionales iniciaron un recorrido cargado de imágenes y reacciones, la mayoría políticamente correctas, otras muy afectivas -naturalmente de quienes lo conocieron- y hasta el momento no he encontrado una crítica ácida, lo cual me parece elegante por respeto a la memoria y el momento.

Por los comentarios y fotos me da la sensación que soy la única persona que no fui su alumno, no estuve en alguna de sus conferencias, ni llegué a estrechar su mano, por lo que carezco de foto o anécdota, pero aún así les voy a contar un par de historias:

El significado de una palabra

La primera surge como en el año 2002 cuando un grupo de chiquillos queríamos visitarlo para solicitarle que nos ayudara con el procedimiento para incluir una acepción a una palabra en el Diccionario de la Real Academia, ya que él era director de la Academia Costarricense de la Lengua.

La exalumna de don Beto encargada de contactarlo, hasta donde sé, no hizo el mandado y la reunión quedó en nada. Yo me había asesorado con un lingüísta para echarme la hablada del milenio y conseguir el aval de Cañas. Dicho sea de paso, con el transcurrir de doce calendarios, me alegra que la gestión ni siquiera arrancara porque con el tiempo me di cuenta que estaba equivocado.

El ADN de la historia

La segunda vez que no lo conocí está relacionada con una serie de posts escritos en el 2009 que llamé “Lo que no enseñan de Juan Santamaría”, que a su vez derivó en un pdf llamado “Juan Santamaría: estatua, feriado y leyenda” que, cuando mi cabello esté totalmente blanco (diría que en cinco años al ritmo que va) podría convertirse en un pequeñito libro para atizar las hogueras y linajes (¿aún?) en disputa por el fusilamiento o asesinato de don Juanito Mora y el General Cañas en Puntarenas, el 2 de octubre de 1860. Don Beto era bisnieto del General y en una conferencia a la que tuve acceso -por escrito- compartió datos poco conocidos.

Alguien que leyó los posts me dijo “vos que sos morista tenés que conocer a don Beto y a don Armando, prepate y me avisás”, yo nunca avisé, porque no quería irrespetar a un adulto mayor con mi interpretación/teoría/conspiración en la que apellidos fundadores de las instituciones nacionales se veían encontrados, cuyo punto político más reciente y violento fue cuando él, como presidente de la Asamblea Legislativa, bajó el retrato de Tinoco del Salón de Expresidentes, en 1994. De hecho solo la palabra “expresidente” seguida del apellido “Tinoco” desataba la polémica.

Integral

Don Beto sabía mucho, tanto por lo que había vivido como por lo que había leído, que plasmó en conferencias, libros, entrevistas, clases etc. Quienes me conocen saben que no me gusta tomarme fotos con personajes de la vida pública, para mi lo más valioso está en conocer el pensamiento influyente, creador y elaborado cuyo sustrato es una personalidad que deja huella.

Eso es lo que me hubiera gustado pero seguro no se habría podido: sentarme más de una vez, ganar un espacio en su confianza para darle más forma a la pincelada que apenas tengo de nuestra historia.

En lo político posiblemente yo no habría sido grato, porque su visión verticalísima choca (en presente porque su legado perdurará siempre) con mis convicciones ideológicas, pero solo quienes le conocieron sabrán si era tan bravo como se veía por tele.

Paz a don Beto: una vida bien vivida.

Foto Nación.