La vida que se merece

estres
Tenía que levantarse temprano y estaba muy cansado. Anoche apenas alcanzó a tirar el bolso, quitarse la ropa e ir a la cama sin cepillarse los dientes.

Ni siquiera pudo tener un sueño completo, fue de esas noches donde se cierran los ojos y al volver a abrirlos ya salió el sol. Le pegó los manazos de rigor al despertador -cuatro en total- para postergar la siguiente alarma por 10 minutos, se levantó y bañó tan rápido que por poco sale sudado, se vistió a la carrera, tuvo que encaramarse una camisa arrugada.

Encontró rápido el bolso, pero no así los documentos que necesitaba para su trabajo, maldijo, se asqueó, perdió la paciencia. Salió sin eso, ya tarde, a la parada de bus.

Era tanta la fila que, aunado a los buses que no paraban porque ya iban llenos, sabía que llegaría tarde, ni un taxi lo salvaba por la presa.

Cuando llegó a su oficina le recordaron sus deberes, lo amenazaron con despedirlo y se sentó a tragarse el medio desayuno en el teclado, ya estaba atrasado.

Tampoco fue a almorzar porque de lo contrario no terminaba con las tareas del día.

Como su equipo de trabajo ya va adelante se está quedando solo. Ya le dijeron “lastre” en la cara  y él piensa que todos son unos malparidos, pero no se los dice.

Todos se van de la oficina y se queda solo. Necesita datos que los otros tienen por lo que no pudo avanzar.

Se va para la casa muy frustrado. Tiene que levantarse temprano y está muy cansado. Apenas alcanzó a tirar el bolso, quitarse la ropa e ir a la cama sin cepillarse los dientes.