La importancia de denunciar los asaltos en #CostaRica

robo hurto crimen delito costa ricaEl primer párrafo de este post es un breve resumen de la verdad conocida por todos: en Costa Rica se da con bastante frecuencia el asalto callejero y, aunque la policía atrape a los delincuentes, la probabilidad de que sean procesados judicialmente de forma rápida es mínima, por lo que seguirán en la calle haciendo lo mismo, lo mismo y lo mismo, hasta que sean noticia de portada y página de sucesos porque en una de tantas hicieron el upgrade y asesinaron a la víctima.

Año y medio atrás a mi esposa la asaltaron, en la tira se fue computadora, smartphone, documentos de identificación, tarjetas, efectivo y la tranquilidad. De inmediato llamamos al 911 -la policía llegó rápido- y después fuimos al OIJ a poner la denuncia. No los agarraron.

Hoy, 23 de diciembre, llamaron de la Sección de Fraudes a Mary para informarle que días después del asalto una mujer llegó a un taller a hacer un cambio de aceite, a la hora de pagar entregó la cédula y tarjeta de mi esposa y, mientras el empleado se fue a cobrar, la delincuente huyó en el vehículo.

El valor de la denuncia: si mi esposa no hubiera denunciado hoy sería sospechosa del cambio de aceite sin pagar.

No son pocas las personas que deciden no hacer de conocimiento de las autoridades los hurtos y robos cuando se trata de documentos, tarjetas de crédito y montos de efectivo pequeños. Sin embargo , a pesar de que la expectativa de que encontrar justicia sea mínima, nuestra experiencia es suficiente para justificar el rato que se pierde haciendo fila en el OIJ para poner la denuncia.

Prevención: para mi la seguridad, como dice el slogan, “es cosa de todos”. Si no hubiéramos puesto la denuncia el delito cometido contra mi esposa seguiría impune y habría un expediente judicial contra ella.

En estos días habrá carros tachados, asaltos, varas que se levantan en un abrir y cerrar de ojos… pero sin importar que no consideren necesario malgastar tiempo de vacaciones con la denuncia, la recomendación es ir y hacerlo. Talvez no obtenga justicia pero al menos prevendrá nuevos problemas.

Al filo del balazo

miedo

Esto ocurrió ayer a las 4:45 de la tarde.

-¿Me ayuda? Es que me quieren asaltar- me dijo el colegial. No le entendí porque venía escuchando música con los audífonos, me quité uno y reiteró la petición, le pregunté quién -ese mae me viene siguiendo desde la parada, me acaba de decir que en el bolso tiene un arma y que le pusiera ahí mi iPhone ¿Me ayuda? ¿Me puedo sentar a la par suya?-.

Todos los asientos del bus vienen llenos, pero solo como cinco personas están de pie. Estoy en la penúltima fila, la que queda más alta, en el nivel del bus, porque debajo (creo) que está el motor.

El muchacho se sienta en medio, en el suelo, entre los dos asientos aprovechando el desnivel como silla. El sospechoso usa abrigo manga larga que no le puede tapar los brazos llenos de malogrados tatuajes, o talvez un arte que no puedo apreciar. Tiene las cejas rapadas y el gorro de la sudadera puesto. Era la persona más abrigada del bus.

Camina hacia el fondo y los reflejos de los brazos del colegial empiezan a brincar, pero en vez de dirigirse al muchacho va conmigo -¿Dónde queda la parada?- me pregunta -¡Aquí!- le digo con fuerza y mirándolo a los ojos. Me pregunta de nuevo y le respondo igual.

Toca el timbre pero estamos en el semáforo antes de llegar a Mcdonald’s Plaza del Sol, entonces el chofer, ignorando lo que se vive al final del bus, cierra las puertas para que nadie baje antes. El sujeto se altera, quiere bajar por atrás, por lo que este bloguero especula que estamos a punto de ser encañonados y si nos va bien nos despediremos de smartphones y billeteras.

¿Por qué no me abren la puerta?- me vuelve a preguntar -al cruzar el semáforo le abren- respondo. Está inquieto. Camina hacia la puerta delantera del bus y el chofer ahora sí, talvez con una intuitiva lectura de la escena, percibe que entre los pasajeros va una persona que no es de bien por lo que le abre ambas puertas.

Baja… pero no cierran las puertas, algo que nos haría sentir un poco más seguros -tranquilo mae, ya jaló, no va a pasar nada- le digo esperando que el artista no suba de nuevo.

El muchacho está justificadamente ansioso -estoy preocupado- me dice -es que ese mae subió al bus de Cartago detrás de un compañero mío, seguro lo asaltó o le hizo algo, luego apareció en la parada otra vez y subió conmigo pero hasta ahora lo noto- agregó.

Su compa está bien, ahora lo llamás– dije para tranquilizar.

En el Automercado baja no sin antes agradecerme “por cuidarlo”.

Pero no lo cuidé. No creo que haya hecho algo protagónico o relevante. Simplemente me solidaricé con quien estaba entendiblemente asustado, pero frente al sujeto yo no tenía mayor posibilidad. No podía tirar los lentes, abrir la camisa y convertirme en Superman. Solo brindar acompañamiento moral.

Ese bus de Calle Vieja no tiene cámaras de seguridad, entonces si hubiera pasado a más el relato habría quedado en manos de sobrevivientes. Dentro de mi subjetividad le agradezco a Dios porque creo que ayer no me tocaba perder patrimonio, salir herido, morir o ser testigo de las mismas maldades en otras personas.

Pero resulta infinitamente triste y desmoralizador que el crimen se pasee con la alta expectativa de ejercer con impunidad.