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Sarapiquí- Cuando cumplí cuatro o cinco años ya me sentía grande y quería pasear en bicicleta sin rodines. Mi tata me llevó a la plaza del frente, con la francesa le quitó los rodines y ya estábamos listos.

Como si fuera astronauta en transbordador yo esperaba la instrucción de despegue. Ya tenía los pies en los pedales y la manivela bien agarrada mientras mi tata sostenía la bicla desde el asiento. No sé cuánto duró ese momento pero tienen que ser las mismas emociones de quienes llegan al espacio. Yo estaba en el transbordador y mi tata en Houston….
No hubo cuenta regresiva, fue progresiva. -uno, ya sabe, pedalee duro, dos, agarre bien la manivela… tres!!!- y las ruedas empezaron a conquistar la plaza a una cantidad inimaginable de revoluciones…. yo gritaba “¡suélteme! ¡suélteme!” y en una de tantas me di cuenta que sin avisarme ya me había soltado… el timón era mío, con mirada fija partía la brisa y el zacate… Al llegar al final de la plaza frené y miré atrás con orgullo porque había vencido una gran distancia. Ahí estaba yo agitado, sacando pecho y enjachando a la vida.
Hicimos el ejercicio varias veces esa mañana antes de empezar la segunda etapa: dar la vuelta. En horas de la tarde fui donde mi mamá para exhibir las medallas del día: arrancar solo, frenar y dar la vuelta. 
Hace como 12 años en un paseo nos prestaron unas bicicletas. Mi tata empezó a hacer malabares para mantener el equilibrio. Le pregunté qué le pasaba y me dijo “es que yo no sé andar en bicicleta, en la finca nunca hubo una y ninguno pudo aprender”. A mi me pareció raro porque él me había enseñado andar en bici.
Todo punto de vista es la vista de un punto y hoy, desde el punto número 32 de mi calendario, reflexiono en que el maestro no busca en quien aprende la proyección de su persona, lo que busca es que trace su propio camino, que lo construya a ritmo propio, que enfrente sus propias guerras, que defina sus propias medallas y que busque su propio sentido de la vida. 
No saber no es limitación para amar, enseñar, guiar y compartir…